martes, 27 de abril de 2010

EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD

Por Enrique E. Fabbri, Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma. Está especializado en antropología de la sexualidad, pareja humana y familia. Es director del Centro de Población y Familia del CIAS.

Ante una visión distorsionada y reduccionista de la sexualidad, especialmente desde los medios de comunicación, se promueven una mentalidad y comportamientos humanos cuestionables, hasta desde el punto de vista de la psicología y la salud mental.

Se reduce el amor a la sexualidad y ésta a lo meramente genital; se mira al sexo exclusivamente como instrumento de placer. Están totalmente ausentes temas de gran importancia como las relaciones interpersonales de respeto y entrega al bien del otro; sentido del amor en la pareja; inquietud por madurar integral y armónicamente en esas relaciones; elaboración de un proyecto de vida; todo como requisitos básicos y previos para que la sexualidad, no solo de la joven, sino del joven, sea humana, responsable y plenamente satisfactoria.

Los padres de familia y educadores han de ser rectamente informados y ayudados para poder educar a sus hijos en la sexualidad de una manera responsable e integral, para que sea un serio y maduro lenguaje del genuino amor, y para adquirir un sentido de la vida humana que de unidad a la persona en todas sus actividades y comportamientos.

Se trata de ver si existe en el ser humano una pauta que señale los valores universales del comportamiento sexual, por debajo de todas las interpretaciones y variaciones que la sexualidad ha recibido en las diversas culturas de la humanidad.

Orientaciones

La tendencia a presentar los hechos en total prescindencia de si son o no verdaderos valores humanos, trae consigo el peligro de establecer como criterio de valores verdaderos lo que hace la mayoría. Se cae así en el riesgo de presentar determinados hábitos y comportamientos sexuales como en sí inofensivos, cuando en la realidad están muy lejos de serlo. Un ejemplo de muestra: aceptar las relaciones sexuales entre adolescentes por el simple hecho de que la mayoría lo hace y sólo recomendar el uso de anticonceptivos para que no se produzcan embarazos inesperados, ¿es en verdad la mejor manera de encarar este problema?.

Muchos de los planteamientos actuales no sirven para educar la sexualidad de nuestros jóvenes y hacer de ella un serio y maduro lenguaje del genuino amor. Sus consecuencias son muy dolorosas: dejan un enorme residuo de personalidades frustradas, resentidas, amargadas y destructivas. Por este camino la persona se va deshumanizando en forma progresiva y puede llegar a deshacerse por el exceso en el alcohol, la drogadicción, el juego desenfrenado, la violencia, la promiscuidad sexual... Mientras no se sepa o se quiera tomar con seriedad el sano proceso de la educación para el amor, se hará muy difícil llegar a una sociedad mejor.

Para una formación integral de la sexualidad se ha de tener en cuenta los siguientes presupuestos:

1. Sólo se logra un maduro ejercicio de la sexualidad dentro de un proceso integral de maduración de la personalidad, que trasciende el mero ejercicio de la genitalidad.

2. Si la sexualidad se aborda en forma parcial y reduccionista, no se logra la meta propuesta.

3. Es un error creer que el placer genital es un valor absoluto. Este vale cuando la persona aprende a vivir en el amor, el cual guarda una relación intrínseca con el sentido que se da a la vida humana y los valores éticos de comportamiento a los que uno se compromete consigo mismo y con los otros.

4. Información y formación han de ir juntas para facilitar en los adolescentes la capacidad de tomar decisiones libres desde su propia interioridad.

5. Ha de quedar bien en claro el respeto a los derechos fundamentales de los padres y de los hijos en el ejercicio de este proyecto educacional. A las instituciones (oficiales o privadas) les corresponde una ayuda subsidiaria que complete y supla lo que cierto tipo de padres, por su carencia de formación, no pueden o no saben dar a sus hijos.

Ser persona.

Por su cuerpo la persona se hace presente en el mundo, lo asume en su espacio y su tiempo. Por su sexo la misma persona manifiesta su modo o manera diferenciada de alterativa de ser en ese espacio y tiempo cósmico e histórico. El sexo da los modos de ser, implica toda la persona, colorea todas sus actitudes reaccionales. Entre persona y sexo no existe prioridad, sino correlatividad: la persona es sexual y el sexo es personal. Por eso la sexualidad es en sí una fuerza ambivalente. Y es fundamental que el hombre descubra su verdad. Esa la encontrará en el centro de su ser humano, en su profundidad nunca totalmente penetrable.

Ser humano es reconocer ante todo en el otro mi semejante -la línea de la igualdad, y al mismo tiempo, en mi semejante, un otro diferente -la línea de la diferencia. Ser y conocer se relacionan profundamente: conocer al otro sexo es negar a ser uno mismo; ser plenamente uno mismo es conocerse para el otro. El varón y la mujer sólo llegan a ser lo que son en la reciprocidad de un enfrentamiento concreto e histórico que los compromete a ambos, haciéndolos mutuamente responsables. Sólo en esta reciprocidad experimentan lo que son.

Sólo se es uno-mismo por el otro; esto es lo que fundamentalmente expresa la sexualidad. Es aprender a relacionarse con el otro sexo de tal manera que contribuya a la plenificación integral de ambos como personas y al logro de sociedades solidarias. Llegar a ser persona, responsable, libre, creadora, es también ayudar al otro a hacerse mujer o varón. Esto supone la renuncia a sus prerrogativas arbitrarias o ya caducas (v. gr. machismo, feminismo...) y el reconocimiento de la originalidad del otro sexo. Pues entre los hombres no hay algo más igual y al mismo tiempo más diferente que dos seres humanos de sexo distinto.

Es la presencia de dos personas, una frente a la otra (en un cara-a-cara) de comunión y participación, en actitud de mutuo respeto, apertura y donación. De allí surge la originalidad del otro y de uno mismo. Esto da lugar al encuentro desinteresado con el otro, que brinda a cada uno la nueva dimensión de su ser, lo imprevisto, lo creativo, lo irreducible a toda codificación. Este es el modo originario del mismo ser humano: ser el uno para el otro una continua inspiración e invitación a ser plenamente persona, descubriendo y asumiendo el sentido y la dinámica profunda de su ser.

En otros términos, el ser humano exige la presencia del otro para llegar a ser él mismo. Y el otro por excelencia para el varón es la mujer, como para la mujer es el varón. Uno para el otro, en el otro y por el otro es más plenamente si mismo porque siendo igual, no es del mismo sexo, y por eso da mayor originalidad.

Por eso el hombre que se mantiene aislado no logra su plena dimensión de persona humana, y en particular, de persona sexuada. Esta promoción del varón y de la mujer se mantiene en una especie de ambigüedad mientras no se afronte ese proceso en el sentido de un desarrollo integral del ser femenino y masculino en su originalidad sexuada.

Mujer y varón que se comprometen a respetar y promover la libertad del otro en su propio proyecto de vida y amor, dan lugar a un proceso de humanización. Se va logrando en la medida que entablan relaciones maduras, impregnadas de respeto, de mutuo afecto, de comprensión y de cooperación creadora. Sólo así se obtiene un enriquecimiento integral de la personalidad de ambos cuyo aspecto principal es la ternura.

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