martes, 25 de enero de 2011

LOS MÁRTIRES DE LA CRISTIANOFOBIA

El autor analiza la persecución que sufren los cristianos en casi todo el mundo árabe y en otros muchos países. Reflexiona sobre la película recién estrenada ‘De dioses y hombres’, fiel reflejo de lo que ocurre hoy en día

Tiene el cine la virtud de darnos alguna películas, bien pocas, que ponen ante nuestros ojos el signo de los tiempos en que vivimos y por ello mismo alcanzan también una dimensión profética. Como si actuara en ellas el propio Tiresias, el adivino ciego de la Tebas helénica que hacía de mediador y anticipador entre los dioses y hombres según nos recordaba modernamente Eliot en La tierra baldía. Por eso, ver tales películas supone un ejercicio luminoso y doloroso a un tiempo de necesaria comprensión. Por eso, también, perdérselas le condena a uno a seguir un poco más encadenado a mirar la pared sombría de la caverna de Platón. La obra recién estrenada en nuestras pantallas del francés Xavier Beauvois, tan laureada en Cannes, De dioses y hombres, es ciertamente una de ellas. Y no podía ser más oportuna.

En efecto, la dramática historia que se nos describe -con la luz y espiritualidad de un cuadro de Zurbarán y la angustia de un relato de Bernanos- de los siete monjes cistercienses del monasterio de Nôtre-Dame del Atlas en Tibhirine (Argelia), decapitados en 1996 por el Grupo Islámico Armado (GIA) en plena guerra civil argelina, nos hace caer, así de súbito, en la cuenta de que las persecuciones de cristianos no son de un ayer más o menos remoto. Más bien todo lo contrario, aunque por razones muy diversas -y no siempre claras- los medios y la política occidentales pretendan poner sordina a la dimensión de una tragedia que crece exponencialmente de una década a esta parte.

Ha tenido que ser Benedicto XVI quien en reciente alocución recordara que son en la actualidad los cristianos «el grupo religioso que sufre mayor persecución por motivos de fe». Sin duda, tenía a la vista el estremecedor Informe de libertad religiosa en el mundo 2010 emitido por el Pontificio Consejo Justicia y Paz donde se cifraba en 150.000 (el lector no ha leído mal) el número de cristianos muertos durante el año pasado por animadversión religiosa. A ello hay que sumar 200 millones de cristianos perseguidos y otros 150 millones discriminados por sus convicciones, para poder así determinar correctamente el alcance de la barbarie. 

A lo que se ve, pues, el derramamiento de sangre de aquellos cistercienses en la cordillera del Atlas no era sino un negro heraldo de lo que estaba por venir: como si hubiesen sido designados «protomártires» -a la manera de un San Esteban- de una gigantesca oleada de nuevos martirios a lo largo del orbe. Una nueva cristianofobia, pues, que nos plantea ante nuestras miradas distraídas algo para lo cual carecemos ya de categorías conceptuales, como entrevió Hannah Arendt en sus últimos años: el misterio y presencia del mal puro y nudo (ese que Kant llamaba «el mal radical»), que se revuelve violentamente ante la mera posesión -no digamos ya ejercicio- de la fe en Jesucristo.

La marea persecutoria amplía por momentos su cartografía, que, como veremos, no sólo incluye el fundamentalismo islámico. En Irak, según ACNUR, los constantes pogroms anticristianos han hecho que los creyentes supongan ya el 40% de los refugiados en países limítrofes siendo así que los católicos de diversos ritos apenas suponen el 5% de la población iraquí. El ataque en octubre del año pasado por parte de una célula de Al Quaeda a la catedral de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en plena misa dominical, dejó un reguero de 58 mártires y sirvió de siniestro modelo para la reciente masacre de la Eucaristía de Año Nuevo en la iglesia copta de Todos los Santos de Alejandría con más de 21 muertos como testigos de la fe. En Nigeria, Filipinas e Indonesia también se han registrado gravísimos asaltos e incendios de iglesias católicas y protestantes. Todo ello parece palidecer, sin embargo, ante los 1,5 millones de cristianos asesinados en Sudán desde 1984 hasta hoy por la milicia musulmana de Janjaweed, ante la pasividad internacional.
La situación en los territorios palestinos no puede ser tampoco más crítica, según explican en detalle Jonatan Adelman y Agota Kupderman en un esclarecedor artículo, The Christian Exodus from the Middle East: en la actualidad tres de cuatro cristianos nacidos en Belén viven en el extranjero y hay más cristianos oriundos de Jerusalén exilados en Sidney que en la capital de las tres religiones, debido a los hostigamientos y violaciones sufridos por la presión fundamentalista islámica. No creo arriesgado aventurar que en breve los territorios sagrados serán para la cristiandad un erial tal y como ha quedado el Líbano cristiano tras su secuestro y demolición, acontecimiento éste siempre mal y poco explicado.

Pero no solo el fundamentalismo musulmán, que traiciona así el principio islámico clásico de tregua común con los demás monoteísmos, propaga dicha cristianofobia. El extremismo nacionalista hindú en India que encarna el Bharatiya Janata Party (BJP) se correlaciona asimismo con la violencia anticristiana en auge, especialmente en aquellos estados donde gobierna el BJP con el apoyo indisimulado del Sang Parivar (Liga de Organizaciones Nacionalistas). Recuerde el lector cómo solo en 2008 al menos 500 mártires murieron en un pogrom anticristiano en el estado de Orissa. Como se observa, la cartografía de la persecución contra los cristianos rebasa los imprecisos límites del islam radical (quedando excluidos Qatar, Abu Dabi y Kuwait que permiten el culto), para incluir Corea del Norte, Laos, India y China, por ejemplo. Como si el odium fidei que lleva a la persecución y martirio actuales pudiera darse desde tres perspectivas distintas: la atea, la fanática religiosa y la nacionalista.

La situación es tan preocupante que la misma figura del Papa, en tanto que símbolo de la cristiandad, corre el grave riesgo de padecer un atentado martirial por parte de islamistas radicales, como ocurrirá igualmente con su sucesor. Más de una vez los servicios de inteligencia occidentales han logrado abortar un ataque sangriento a San Pedro de Roma, y al lector atento tampoco se le habrán escapado las excepcionales medidas de seguridad y máxima alerta que rodearon la reciente estancia de Benedicto XVI en Santiago de Compostela y Barcelona. Y para no llamarnos a engaño esos mismos servicios tampoco descartan que haya ataques a iglesias y actos religiosos en suelo europeo, exportándose el modelo martirial a nuestro continente en sustitución de los atentados indiscriminados ejecutados hasta ahora. Como se va viendo con angustia creciente en la película que comentamos al inicio, el cerco para el creyente es cada vez más estrecho y de ahora en adelante no sólo en la pantalla.

Así las cosas, con cientos de miles de cristianos que a diario se juegan la vida por su mera fe y otros muchos en lista de espera para afrontar el riesgo de un Coliseo paulatinamente más cercano, sorprende la escasa oportunidad -o gran impertinencia- de los ataques que en la retaguardia de Occidente sufre el cristianismo a manos de lo que Martin Rhonheimer ha denominado la «laicidad integrista». Como si no mereciera compasión alguna -no hablemos ya de respeto y mucho menos de admiración- tanta sangre derramada ayer y mañana.
Los recientes sucesos acaecidos en torno a la suspensión de la misa en la Universidad de Barcelona o la befa y el escarnio constante por parte de medios privados y poderes públicos de la cabeza, creencias y símbolos católicos, señala misteriosamente la otra cara de aquel «mal radical» kantiano que mencionábamos al principio: su espantosa banalidad, que tanto obsesionaba también a Hannah Arendt.

Justo lo contrario de la hondura espiritual y del respeto con que un hombre próximo al Partido Socialista francés como es Xavier Beauvois dirige el drama anticipatorio de los siete monjes cistercienses degollados como corderos. Decía al respecto Spengler que en última instancia era siempre un pelotón de soldados quien salvaba a la civilización. No estoy tan seguro de ello. Es posible en cambio que este mundo atribulado nuestro lo esté redimiendo, sin saberlo, el torrente de sangre de cristianos derramada por la barbarie. Como aconteció en la pequeña comunidad de cistercienses, allá en el Atlas de Argelia, no muy lejos de nosotros y ahora tan próxima en la pantalla. No dejen de verla.

Ignacio García de Leániz es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.
ELMUNDO.ES

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